Frankenstein: una obra gótica sobre la creación y la culpa
La criatura que Guillermo del Toro esperó toda su vida filmar
Cuando Mary Shelley publicó Frankenstein o el moderno Prometeo en 1818, probablemente no imaginó que su criatura trascendería dos siglos para seguir resucitando en cada generación. En las páginas de aquella novela escrita por una mujer de apenas dieciocho años, se escondía una advertencia tan filosófica como emocional: ¿qué ocurre cuando el deseo de crear vida se convierte en una forma de jugar a ser Dios? Su historia, atravesada por la poesía romántica de Milton y la tragedia del abandono, inauguró el mito moderno del monstruo incomprendido. Desde entonces, Frankenstein se ha adaptado incontables veces —desde el inolvidable Boris Karloff en 1931 hasta versiones más libres, tecnológicas o góticas—, pero ninguna parecía destinada a reconciliar la esencia del relato con su espíritu más humano... hasta ahora.
Porque si hay un cineasta que nació para contar esta historia, ése es Guillermo del Toro. Durante años soñó con filmar su Frankenstein, una obsesión que lo acompañó desde su infancia mexicana, viendo fascinado a aquel ser cosido de retazos. El proyecto, anunciado y pospuesto una y otra vez, se transformó en una especie de Prometeo personal. Finalmente, Netflix le dio el impulso que necesitaba, y Del Toro cumplió su sueño más antiguo. Y, como suele ocurrir con los sueños cumplidos, el resultado es tan hermoso como trágico.
Su Frankenstein es, sin duda, una obra de Guillermo del Toro en cada fotograma: exuberante, romántica, gótica y dolorosamente humana. La película no busca reinventar el mito, sino reencarnarlo. Conserva el esqueleto de Shelley, pero le injerta la carne que Del Toro mejor conoce: la del amor imposible entre la belleza y la monstruosidad.
Ambientada en la Inglaterra victoriana y en el continente europeo, la historia comienza —como la novela— en el hielo del Polo Norte. Un capitán (Lars Mikkelsen) encuentra a un hombre moribundo: Víctor Frankenstein (Oscar Isaac), que entre delirios relata la tragedia de su vida. Su deseo de vencer la muerte tras la pérdida de su madre lo llevó a desafiar los límites de la ciencia. Con la ayuda del siniestro Harlander (Christoph Waltz) y la presencia espectral de Elizabeth (Mia Goth), su investigación culmina una noche de tormenta cuando un cuerpo hecho de cadáveres vuelve a respirar. Así nace la criatura, interpretada por Jacob Elordi en una actuación que marca su consagración.
Elordi, maquillado hasta la irrealidad, encarna a un ser que aprende a moverse, pensar y hablar con la torpeza de un niño y la tristeza de un alma abandonada. Su criatura no da miedo; conmueve. Es el espejo roto del hombre que lo creó: mientras Víctor se consume por su arrogancia, su creación descubre la inocencia y la compasión. Esa inversión —el monstruo más humano que el humano— es el corazón de la película y la tesis más pura del universo de Del Toro.
Visualmente, Frankenstein es un banquete barroco: laboratorios en penumbra, castillos cubiertos de moho, texturas de sangre y metal que parecen respirar. La fotografía de Dan Laustsen, habitual colaborador del director, y el diseño de producción de Tamara Deverell logran imágenes que se sienten pintadas a mano. Hay planos que dan miedo por su brutalidad, y otros que quitan el aliento por su belleza. Del Toro siempre entendió que el horror y la ternura no son opuestos, sino hermanos siameses.
Narrativamente, el film se divide en dos mitades. La primera, centrada en el Víctor de Oscar Isaac —ambicioso, brillante, condenado por su soberbia—, tiene la energía febril de un drama científico con alma de tragedia griega. La segunda, dedicada al viaje de la criatura, se abre al melodrama filosófico y al romanticismo desesperado. No todo funciona: hay momentos donde el ritmo se vuelve moroso y ciertos giros parecen más propios del Del Toro académico que del poeta, pero incluso sus excesos tienen alma.
Mia Goth, en el papel de Elizabeth, aporta un tono etéreo que equilibra la oscuridad de sus compañeros, aunque su personaje podría haber tenido más desarrollo. En cambio, Christoph Waltz compone a un mecenas manipulador con matices de redentor y demonio. Y en medio de todos, Elordi domina la pantalla: su criatura pasa de la curiosidad infantil a la furia divina con una intensidad que recuerda a las grandes tragedias del cine clásico.
Del Toro vuelve, una y otra vez, a los temas que lo obsesionan: la paternidad fallida, la soledad de lo diferente, la violencia del amor, el peso de crear algo que no se puede controlar. Su película dialoga tanto con Milton como con Shelley, haciendo que la criatura lea El Paraíso perdido y se pregunte, como Adán: “¿Te pedí yo, Creador, que me hicieras?”. Esa línea resume toda la película.
El resultado es una obra majestuosa, imperfecta, pero profundamente sincera. Puede que no sea su mejor película, pero sí una de las más personales. Frankenstein no pretende asustar, sino hacernos mirar adentro y reconocer nuestras propias costuras. Al final, la pregunta que queda flotando es la misma que hace más de dos siglos: ¿quién es realmente el monstruo?
Guillermo del Toro, con su inconfundible mezcla de ternura y oscuridad, le devuelve el alma a un mito que creíamos agotado. Y lo hace con la maestría del artesano que mira a su criatura, no con horror, sino con amor.
Al final, Frankenstein no es solo una película sobre la creación de un monstruo, sino sobre el acto mismo de crear, de enfrentarse al límite entre lo humano y lo divino. Guillermo del Toro convierte una historia que creíamos conocer en una reflexión visualmente deslumbrante y emocionalmente profunda sobre la soledad, la paternidad y la necesidad de ser comprendidos.
Su versión no intenta revivir al mito, sino hacerlo respirar de nuevo, recordándonos que incluso en la imperfección y el dolor puede haber belleza.
Matias Arteaga S.
Ya se encuentra disponible en Netflix.
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