Ava Schrobilgen -guitarrista y voz principal- y Ellie Livingston -guitarrista líder- llevan siendo amigas desde que tenían tres años. A ellas se sumó Kate Halter, quien aprendió a tocar el bajo por la única y noble razón de que la banda necesitaba existir, mientras que la baterista Chloe De St. Aubin cerró el círculo tras un encuentro por redes sociales en 2022. Cuatro amigas de Austin, Texas, que en una noche de bohemia abrieron un diccionario alemán y eligieron un nombre mal escrito a propósito, con artículo femenino como una suerte de subversión gramatical. Así nace Die Spitz, bajo una premisa profundamente punk incluso antes de tocar un rasgueo, y esa es, probablemente, la mejor foto de entrada para enganchar con este disímil cuarteto.
Dos EPs después, "Revenge of Evangeline" (2022) y "Teeth" (2023), el circuito alternativo anglosajón ya se había rendido ante ellas. Una gira por Inglaterra bastó para que Metal Hammer las coronara como la mejor banda nueva del mundo, y poco después, el mismísimo Jack White las reclutó para las filas de Third Man Records. Brad Sanders, de Stereogum, intentó clasificarlas y terminó escribiendo que a veces suenan como Megadeth, a veces como L7 o Soundgarden, y que muchas veces, los tres al mismo tiempo. Entendiendo, en el fondo, que hay bandas que suenan a sus influencias, pero que Die Spitz suena a lo que esas influencias tenían en mente cuando empezaron.
La historia de "Something To Consume" (2026) empieza en el South by Southwest, el festival anual de Austin donde la industria musical entera se congrega a buscar lo que viene, y donde una representante del sello Third Man Records las vio tocar una noche en que Livingston estaba tan enferma que apenas podía cantar. Jack White firmó igual. Ese voto de confianza las llevó hasta Studio 4 en Conshohocken, Pennsylvania, el estudio del productor Will Yip, quien venía de trabajar con Turnstile, Title Fight y Mannequin Pussy, bandas que Die Spitz admiraban y que en parte las habían formado como músicas. Llegaron con canciones escritas, pero Yip las hizo revisarlo todo desde el principio, quitando lo que sobraba. Schrobilgen confiesa que al principio le dolió ver sus propias canciones intervenidas, hasta que las escuchó corregidas y entendió el punto. Grabaron en tres semanas. El disco quedó en 34 minutos, 11 canciones de sonoridad sucia pero precisa, grandilocuente pero sin pretensiones. Las guitarras tienen el grosor mastodóntico del grunge de los noventa pero con una rica agilidad moderna que las aleja del revival. La batería empuja desde abajo con una contundencia seca, marcando el beat de una conversación eléctrica y ecléctica donde tres voces se turnan el micrófono y ninguna se opaca.
El disco abre con 'Pop Punk Anthem (Sorry for the Delay)', y el título no miente ni cumple del todo su promesa, que es exactamente el punto. Schrobilgen llega con un guitarreo denso, estratificado, de ese grosor smashingpumpkinesco aplastante y metálico, y una voz desgarrada que declara desde el minuto uno los principios de Die Spitz. La misma vibra, más oscura y más nirvaneana, reaparece en 'Sound to No One' y 'Down on It', donde el disco se permite quedarse quieto antes de volverte a atacar. 'Sound to No One' en particular tiene algo de canción maldita, que avanza lenta hasta que Livingston amenaza con un "I would follow you anywhere". Entre medio, 'Voir Dire' engaña al oído con una guitarra acústica limpia mientras De St. Aubin canta que esta vida es una tragedia y que puedes conseguir lo que quieres pero nunca lo que necesitas. Después llega el bloque donde el álbum muestra los dientes. 'Throw Yourself to the Sword' es la pieza más heavy del álbum, con un increíble y demoledor riff sabbático. Dos minutos cuarenta de precisión que no necesitan más tiempo. 'American Porn' llega pegada con una brutalidad más rockera y más directa, donde las cuerdas y la batería se disputan el protagonismo sin que ninguna ceda. 'Red40' dura dos minutos y no malgasta ninguno, un ripper punk con una urgencia que debe ser devastadora en vivo, y que empuja directo hacia 'Riding with My Girls', la más rápida y feroz de las once, que te obliga a subir el volumen hasta donde aguante el amplificador.
El cierre es donde "Something to Consume" muta. 'Go Get Dressed' es suntuosa y letal, una pieza shoegaze que se mueve como melaza con ese "fall asleep to nothing, wake up in her room" que tiene más densidad emocional de la que sus palabras deberían poder cargar. 'Punishers' llega después, más contenida, De St. Aubin sobre el ciclo agotador de una relación que ninguno de los dos sabe cómo terminar, y que suena a la canción que Hole hubiera querido escribir en un día tranquilo. De esa misma vena oscura nace 'A Strange Moon/Selenophilia', selenofilia como amor a la luna, cerrando el disco sin resolución, con De St. Aubin arrastrando las palabras hasta el centro de la tierra. 34 minutos que se sienten más largos de lo que son, en el mejor sentido, porque cada canción ocupa el espacio que necesita y ninguna pide más.
Parece que era verdad lo que Jack White dijo hace unos meses en su discurso del Hall of Fame: "Ensúciense las manos, dejen las pantallas, vayan a su garage o a su cuarto y obsesiónense con algo. Sean apasionados". El fichaje no pudo ser más certero, pues Die Spitz parece haberlo tomado al pie de la letra. Con este disco dejaron en claro que el rock de ahora todavía tiene cosas urgentes que decir. Ahora solo queda escucharlas.
Bárbara Henríquez
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