Nadie puede negar que Melvins y Napalm Death son entidades que gozan de un amplio respeto. Los tentáculos de su influencia se extienden con holgura a través de varios estilos, incluso fuera del metal. Dicha admiración no es difícil de entender considerando que sus historias se nutren de un discurso inconformista que han llevado siempre con entereza, con cada banda haciendo lo que ha querido desde su trinchera, y esta vez no es la excepción. Gracias a los lazos que forjaron en su gira conjunta hace diez años, "Savage Imperial Death March" surge como un engendro sónico que queda encapsulado por primera vez en la forma terrenal de un disco colaborativo.
Cuando ocupamos la palabra "colaborativo", la usamos en serio. No es un split, no son cuatro canciones de Melvins y cuatro de Napalm Death, acá hay una fusión de personalidades que da como resultado un perro verde de dos cabezas. Con las piezas de ambos colectivos sobre la mesa, la clave era encajarlas en los lugares correctos. En 'Tossing Coins Into The Fountain Of Fuck’, Barney Greenway se sumerge en el fango distorsionado de Buzz Osborne y compañía con total comodidad. No se planta en un punto medio entre el sludge y el grindcore, sino que crea una bestia nueva con reglas propias.
'Some Kind Of Antichrist' es otro buen ejemplo de este tercer territorio auditivo en el que Greenway hace la voz gutural y Osborne la voz limpia, una alternancia que se veía venir, pero que igual consigue impactar en su primer tramo. De repente, la canción se mete en un túnel sin salida en el que voces cibernéticas, sintetizadores, platillos y cuerdas de bajo trepan por las paredes como arañas. ‘Awful Hand Writing’ sigue en esa misma ruta de experimentación para atraparnos en una masa ruidosa que es más natural en Melvins. Es amorfa, intrincada y hasta incómoda, sin embargo, sabemos que la comodidad nunca fue parte del trato.
Según lo que Osborne contó en la revista Decibel, fue tanto el nivel de colaboración que ya ni siquiera recuerda quién hizo qué, pero 'Nine Days Of Rain' entrega ciertas pistas. La facción de Napalm Death, compuesta por John Cooke (guitarra), Shane Embury (bajo) y el mencionado Barney Greenway, se adapta a contextos menos explorados en su ecosistema, o que al menos no se veían desde los tiempos de trabajos más divisivos como "Diatribes" (1996) o "Inside The Torn Apart" (1997). Hay un menor nivel de violencia, pero una mayor dosis de intriga, todo manejado quirúrgicamente por los hilos de King Buzzo y Dale Crover.
Siguiendo aquella línea, 'Rip The God' es uno de los logros fascinantes de la placa, ya que el bajo reconocible de Shane se entrelaza con los golpes sincopados de Crover, al tiempo que Cooke y Osborne manejan las guitarras cada uno desde su frente. El pase de la voz de Osborne a Greenway permite apreciar a este monstruo en su forma completa, una cátedra de sludge denso que hace pensar en ilustres como Iron Monkey o Primitive Man.
El tramo final atraviesa varios estados, desde el divertimento punk de 'Stealing Horse'’, pasando por el desvío noise con tintes orquestales de 'Comparison Is The Thief Of Joy' hasta llegar a la riffera 'Death Hour', que nos devuelve al principio, con una figura de guitarra intrincada con la combinación de Osborne y Greenway intercalándose por última vez hasta redundar en otra sección de caos. Si bien hubiese sido provechoso concluir con un golpe de gracia, hay que reconocer que es una bajada de telón consistente con los planteamientos expuestos. La jugarreta del sintetizador con 'Jump' de Van Halen está reservada solo para los valientes que llegan al final de un camino pedregoso pero interesante, en especial para auditores desprejuiciados.
Todo aquel que se esperaba una colisión frontal entre lo facturado en "Harmony Corruption" (1990) y "Houdini" (1993) puede quedarse bien sentado en su puesto. Ni los comandados por Greenway ni los encabezados por Osborne se caracterizan por el fan service, así que era muy esperable que llegaran con el registro que ellos quisieran, saltándose cualquier pretensión de caer bien. Es una obra desafiante, excéntrica y áspera que cumple su objetivo: perfilarse como un experimento bizarro, pero no en el sentido anglosajón del concepto, sino que según lo que dice la Real Academia Española, es decir, valiente, arriesgado o audaz.
Lo valioso de este ejercicio es su negativa a satisfacer expectativas o a competir por quién es el más brutal, el más pesado o el más gritón. Si hay algo que cruza las historias de Melvins y Napalm Death, aparte de ser muy influyentes, es su voluntad para incomodar, y esta colección de canciones puede dar fe de que todavía hay espacio para el riesgo en un mundo lleno de métricas y parámetros previsibles. El respeto se gana con acciones concretas, y definitivamente "Savage Imperial Death March" (2026) es un argumento sólido para mantener esa admiración.
Pablo Cerda S.
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