Ara Malikian: "Ser intruso me enseñó a pertenecer a todos los lugares"
Desde los refugios antiaéreos del Líbano hasta los escenarios del mundo, el violinista convierte su historia en el poder transformador del arte.
Entrevista Ignacio Mayorga Alzate
“Gracias a la inmigración tenemos un mundo maravilloso”. Ara Malakian, violinista, nómada y eterno intruso.
Ara Malikian aprendió a sobrevivir antes que a brillar. Su infancia transcurrió entre refugios antiaéreos en el Líbano, donde practicaba el violín mientras caían bombas. No fue una elección romántica: fue un mecanismo de escape. Su padre le puso el instrumento en las manos y esa decisión marcó un trayecto que incluyó la guerra, el exilio y el desarraigo. A los catorce años dejó su casa y su país para formarse solo en Europa, sin entender del todo a dónde iba ni qué mundo lo esperaba.
Al principio, la formación clásica le impuso un camino predecible, pero fueron la necesidad y el azar los que lo llevaron a tocar en bares, en bodas, en grupos a los que no pertenecía. Fue en ese tránsito en el que encontró una forma propia de hacer música, que no responde ni a géneros ni a purismos. Se nutre del flamenco, del tango, del rock, de los ritmos gitanos, del folk de Medio Oriente, de todo lo que escuchó mientras intentaba no perderse del todo en cada país al que llegó como extranjero.
Su último disco, Intruso, no es un manifiesto, ni un ajuste de cuentas. Es el resultado natural de una biografía que nunca encajó en un molde. Un proyecto que vuelve sobre su infancia, no para romantizarla, sino para imaginar qué podría haber sido distinta. En ese ejercicio también aparece su hijo, su manera de enseñar lo que a él no le enseñaron: la libertad de ser, sin miedo. Ara Malikian regresa a Colombia para reencontrarse con un país que conoce bien, que ha vivido de cerca y que respeta profundamente. Antes de sus presentaciones el 25 de octubre en Medellín y el 26 en Bogotá, hablamos con el violinista nómada de mundos y ritmos sobre
¿Cómo recuerdas aquella etapa tan difícil de tu infancia y de qué manera crees que haber crecido tocando el violín bajo estas circunstancias moldeó tu relación con la música?
Reconozco aquella época fue un momento difícil porque para cualquier persona, más aún si eres niño, vivir una guerra no es fácil y aún más en esas épocas llenas de guerras. Tuve la suerte de salir de aquellos momentos tan difíciles y una vez que salí durante muchísimos años ya no miré atrás. Es que para para poder sobrevivir y para poder vivir el día a día y tenía que obviar lo que había vivido y si no uno se queda atrás, se queda con la tragedia, se queda con las imágenes. Si no lo borras, creo, no puedes seguir adelante. Después de más de 40 años vuelvo a pensar en aquella época y hora me es más fácil, pero durante más de 30 años la había borrado de mi memoria, de mi disco duro, para poder vivir, para poder hacer mi carrera, para poder hacer mi vida en Europa.

A los 14 años te fuiste de casa, primero a Hannover y después a Londres y esto implicó dejar tu hogar siendo apenas un adolescente. ¿Cómo fue el marcharte solo a Europa a una edad tan temprana para formarte en la élite de la música clásica y cómo fue adaptarte un mundo totalmente distinto tras venir de una infancia marcada por todo lo que ya hemos hablado?
La verdad que fue muy duro porque yo era un adolescente, no sabía nada del mundo al que iba, el mundo occidental. Pero es verdad que la única referencia que tenía en mi vida era el violín y la única salida que también tenía era el violín. Gracias al violín siempre tuve un guía para llevarme a la luz y no arrastrarme en lugares más oscuros. Cuando eres joven y no tienes el control de un adulto siempre está el riesgo de caer en algunas tentaciones oscuras. Gracias al violín, gracias a la música, gracias al arte, siempre he estado orientado hacia la luz.
¿Cómo empieza, entonces, tu relación con el violín? Después de tantos años interpretándolo, ¿qué crees que te llamó la atención de ese instrumento en un primero momento?
Esto me le puso en la mano mi padre. Yo me enamoré del violín, pero sin mi padre jamás hubiéramos escogido este camino. Mi padre era un fanático de la música del violín y lo decidió por mí. Así que le agradezco, pero al mismo tiempo tuve suerte porque me gustó al final. Si mi padre hubiera escogido algo que no me hubiera gustado, habría acabado muy mal, pero tuve la suerte de que es una profesión maravillosa y de que todo salió bien. Hoy día, sin embargo, a mi hijo jamás le escogería algo que a mí me gusta. Quiero que él haga lo que quiera.
Has tenido la inteligencia de no habitar solamente un repertorio clásico y has jugado con músicas del Medio Oriente, ritmos gitanos, tango, flamenco y demás expresiones folclóricas del mundo. ¿Qué te llevó a romper estas fronteras de la música clásica e incluir estas influencias? Más aún, ¿cómo encontraste tu propia voz dentro estas de estas fusiones o de estas maneras de abordar la música?
Al principio de mi carrera, mi aprendizaje fue muy clásico y no había previsto el desvío más tarde. No fue calculado. Fue un poco por casualidad, un poco por necesidad también, porque tenía que sobrevivir. Entonces, me metía en grupos de música diferente, tocaba en bares, restaurantes, en bodas y en entonces ahí aprendía y conocía músicos diferentes. Y, sin saberlo, creé mi propia escuela, creé mi propia personalidad, mi propio camino. Sin saber dónde iba. Hoy en día agradezco haber tenido este camino tan diferente. Quizás es un camino más difícil, más montañoso. No es el camino recto, pero es un camino más bonito e interesante y, hoy en día, lo que soy es gracias a este camino tan especial que he escogido que consistía en trabajar en diferentes situaciones, en diferentes contextos. He tenido la suerte de viajar mucho. A través de los viajes he conocido muchos músicos y muchas músicas, son los que han hecho mi personalidad como artista.

Tienes un álbum sobre los caprichos de Paganini. ¿Dónde empieza y acaba la relación entre Ara y este violinista clásico que en ese entonces debió haber sido como una especie de estrella de rock?
Paganini fue el primer artista que llevó la música hacia los grandes escenarios. Hasta entonces la música se interpretaba en los palacios, en la ópera o en los teatros, pero ningún instrumentalista o solista había llenado teatros y lugares grandes. El primero fue Paganini. También se inventaron muchas historias sobre él, cuentos sobrenaturales que interesaban a la gente y por eso asistían sus conciertos. A mí el personaje de Paganini siempre me ha fascinado, además de su música. He estudiado todo lo que he podido de Paganini y siempre ha sido mi ídolo. Sigo fascinado por este personaje, por este artista.
Hablemos un poco de la idea de ser un intruso que tiene también relación con tu tiempo en el Líbano y con tu origen armenio. ¿Te tomó muchos años aceptar esta condición de eterno intruso y abrazar la riqueza de una identidad más bien multicultural?
Muchos años no. La verdad que poco a poco me sentí más a gusto en el papel de intruso. Al principio, cuando fui a Alemania sí me sentía un intruso. En el Líbano, con las guerras civiles, también te sentías intruso porque vivías en un barrio donde no se suponía que debías vivir. Fue un aprendizaje acelerado y he aprendido que somos de todas partes. No existe el “no somos de ahí”: todo se aprende, todo está por encajar. Fue un aprendizaje bonito el de ser un intruso. Hoy utilizo mi situación de intruso también en la música, porque gracias a la valentía que siempre tuve para no tener miedo de ser intruso he aprendido muchas cosas, muchas músicas y me he metido en grupos en los que no encajaba. Gracias a eso he aportado algo al grupo y ellos me han aportado algo. Eso es lo bonito.
Es un poco el llamamiento a lo que está sufriendo hoy el mundo: hay algo en contra de la inmigración, como si el fallo de nuestra sociedad fuera la inmigración. Es al revés. Creo que gracias a la inmigración tenemos un mundo maravilloso, un mundo rico, un intercambio de culturas y necesitamos que la inmigración siga existiendo.

En ese sentido, ¿sientes que Intruso dialoga también con la situación geopolítica contemporánea o simplemente se da la casualidad de que al identificarte como un intruso también llevas una especie de batuta de las personas que emigran?
Yo no pretendo eso. Ojalá tuviera la fuerza de llevar la batuta y la fuerza de atacar esta catástrofe humanitaria, pero creo que cada uno aporta lo que puede. El arte es una manera de sensibilizar a nuestra sociedad y nuestro mundo para convencer, sensibilizar y concienciar a las personas de que lo diferente no es malo. Al contrario, es importante para el crecimiento.
Hay un tema con Intruso y es que resulta casi un viaje a la infancia y a la imaginación. Me preguntaba si es una forma de resignificarte desde la imaginación después de ver a tu hijo tener una infancia más normal que la que tuviste tú. ¿Tu idea de la infancia se transformó con este disco?
Sí, este disco lo he hecho con mucho amor, mucho respeto a lo que soy, a lo que he vivido, a lo que tuve la suerte de vivir. Mi época de intruso, en la que no me sentía a gusto, ha pasado. Hoy estoy bien y he llamado Intruso al disco para divertirme, no para ridiculizar algo. A mi hijo hoy le enseño lo primero: la multiculturalidad, los viajes, el respeto hacia lo diferente, hacia todo tipo de ideas diferentes. Para mí mi hijo es un reflejo de lo que me hubiera gustado tener como enseñanza y no lo tuve porque mis padres no estaban. Estoy ahí con mi hijo e intento enseñarle lo que a mí me hubiera gustado que me enseñaran.
Revisando varias reseñas en línea de lo que ha sido Intruso, se habla mucho de que en este álbum logras redefinir los límites entre la música clásica y la música popular. ¿Crees que este álbum marca un antes y un después en tu carrera artística?
No sé si ir hasta ahí porque en cada proyecto o disco lo das todo, intentas hacer lo mejor que puedes, pero después de terminarlo sigues creciendo. Dices: “quizás podría haberlo hecho de otra manera”. Siempre hay algo que vuelves a escuchar y piensas, incluso dos semanas después, que lo harías ahora distinto. Creo que eso es natural y también importante, porque quiere decir que siempre cambiamos, siempre crecemos y hay una evolución constante. Si un artista se queda igual toda su carrera es muy peligroso, porque puede entrar en una rutina, en un aburrimiento y también aburrir al público. Necesitamos ese cambio, esa autocrítica. Cualquier cosa que he hecho en los últimos años la haría de otra forma. Cuando hice el proyecto Intruso pensaba que era lo mejor que había hecho hasta entonces. Hoy pienso que lo próximo será mejor, o quizá peor, no lo sé, pero al menos intento que sea una forma natural de evolucionar.

Hablabas de proyecto antes que de álbum, y me llama la atención porque también hiciste un video con Eugenio Recuenco para la promoción del disco. ¿Cómo llegaron a la idea de complementar el proyecto con un cortometraje de ocho minutos y qué desafíos te impuso esa tarea?
El videoclip que hicimos con Recuenco también surgió de Intruso, pero de manera diferente, porque el intruso del disco tiene cada tema por separado; aquí yo me introduzco en diferentes culturas. En este caso es mi querido Paganini, la música del “Capricho número 24”. Cogimos el tema principal y cada variación es diferente: una cultura, un ritmo, un estilo. Es un intruso dentro de un tema y de muchas maneras. Trabajar con Recuenco fue maravilloso, es un gran artista y fotógrafo. Fue divertidísimo.
¿Cómo es tu relación con Latinoamérica? Ya has venido acá y has estado en Bogotá. Cuéntame cómo es tu relación con el público latinoamericano y en particular el colombiano.
Tengo una relación con Latinoamérica y con Colombia larguísima. De todos los países latinoamericanos, tengo mayor relación con Colombia. Tuve una pareja colombiana durante muchos años y casi me siento parte de ahí. Conozco bien el país, la cultura, la música, la gente y el humor, que es muy importante. Me siento muy cercano a la cultura colombiana y a la cultura latina. Volver a Colombia siempre es muy especial.
¿Tienes alguna sorpresa o un momento especial dentro del show preparado para los asistentes de Medellín y Bogotá?
Sí. Siempre que visitamos un lugar hacemos un guiño al país. La música colombiana es tan rica y grande que nos permite hacer guiños y algunos juegos con ella y sabemos que el público responde siempre de maravilla. Estamos impacientes por llegar a Colombia.
¿Cómo trabajas sobre la partitura de los ritmos típicos de los países que visitas? No todos están en el mismo tempo.
Es verdad que hay ritmos de diferentes países muy difíciles de entender. Por eso, siendo de otra parte, a veces es difícil captar el aura de una música que alguien del país tiene en la sangre. Según mi experiencia, he aprendido que lo importante no es entenderlo. Como músico académico aprendí a analizar todo, pero cuando analizas pierdes naturalidad. Hay que dejarse llevar: primero imitar lo que oyes y lo que sientes y luego hacerlo tuyo. Jamás voy a poder tocar igual que los caleños, pero si aporto algo mío y lo hago a mi manera, será más interesante que simplemente imitar, que sería una imitación vulgar. Eso he aprendido de copiar.
Fotos: Eugenio Recuenco - Fotos en vivo Gustaff Choos

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