Publicado originalmente en revista Rockaxis #267, septiembre de 2025.
Entre la intimidad de lo cotidiano y los gritos que atraviesan generaciones, conversamos en exclusiva con Jordan Dreyer sobre el modo en que La Dispute teje memorias compartidas, abrazando la vulnerabilidad y transformándola en arte, el dolor en comunidad y la música en refugio colectivo. Este 2025, con “No One Was Driving the Car”, los nativos de Michigan reafirman su capacidad de convertir las heridas en comunidad y la intimidad en himnos colectivos. «No busco dar respuestas, sino contar la historia y abrir la conversación», confiesa.
Karin Ramírez
«I think I saw you in my sleep, darling», reza uno de las canciones más viralizadas entre las comunidades que viven el post hardcore como declaración de vida. Lo que pareciese ser un trend, guarda en sus entrañas algo más que solo la tendencia, porque en cada acorde se rememoran historias, aflicciones, adolescencias en crisis y profundo dolor.
Seis años exactos pasaron del último trabajo de estudio de los de Míchigan. Un título que lejos de volverse un clásico al estilo “Somewhere at the Bottom of the River Between Vega and Altair” (2008) o “Wildlife” (2011), “Panorama” tomó el lugar de aquel álbum que invita a repensar trayectorias desde la autocrítica, cuestionando lugares de experimentación, desde la clave magnánima de entender por qué la identidad también configura los espacios de seguridad, razón por la que “No One Was Driving the Car” emerge como un punto de fuga en la trayectoria de la banda. «Sabemos que nuestra música no encaja con el consumo rápido actual, pero preferimos ser fieles a lo que necesitamos expresar. Una canción de casi nueve minutos es un acto de resistencia, pero también la duración que esas canciones exigían», sentencia el vocalista Jordan Dreyer.
Sin embargo, este gesto de resistencia nace también de una lectura atenta del presente, un acto que se eleva desde el análisis del contexto actual para transformarlo en declaratoria, donde la tecnología avanza sin mediar en lo humano; apostando por la modernización de las existencias que hoy se erigen desde la productividad y el sobreconsumo. La irrupción de la inteligencia artificial también revela su lado oscuro, casi como si se tratase de un largometraje distópico, donde aquello que parece imposible, como aquel Tesla que provocó un accidente de magnitud y que no tenía ocupantes en su interior, es más real de lo que nos gustaría creer, y sobre eso Jordan es enfático: «el título del álbum refleja la ansiedad de vivir hoy entre la crisis climática y la incertidumbre global. Para mí, encapsula la sensación de un mundo fuera de control, el futuro incierto, la fe ciega en tecnologías o sistemas que no entendemos, igual que ocurre con la religión o las teorías conspirativas. Siempre encuentro el título primero».
El rodaje de este nuevo disco en la historia de la banda –que toma su nombre de la obra francesa de Pierre de Marivaux (1744)– entendió en la pausa una ocasión para reconfigurar no solo el sonido, sino también la memoria, ordenar recuerdos, depurar heridas y darles sentido en la nueva era que se abre con este álbum. En ese mapa emocional, ‘Steve’ adquiere un lugar decisivo: «Es sobre un amigo de mi juventud que se suicidó. No quise escribir desde el arrepentimiento, sino desde la aceptación y el recuerdo compartido. Musicalmente, quisimos volver al screamo que nos formó. Probablemente es mi canción favorita del disco». Así, la pieza funciona como punto de anclaje: un regreso a la raíz y, al mismo tiempo, una llave que abre el umbral del presente.
En este retorno a lo fundacional palpita también un lazo íntimo con lo vivido: la experiencia del amor y la amistad atravesada por ese miedo paralizante a la pérdida. Por ello, el proceso creativo se vuelve tanto un acto tan personal que vive por la identificación colectiva. ‘I dreamed of a room with all my friends’ no se queda en la superficie de la balada melosa, sino que en manos de La Dispute se erige como un espejo del temor a perder lo que más se ama. «Pensaba en mis amigos de toda la vida. La imagen es estar fuera de una habitación cerrada, viendo a quienes amas dentro y no poder unirte. Es devastador, pero representa cómo a veces nos aislamos sin querer», alza Dreyer con total honestidad.
Declaración y transformación: Ruta “Wildlife” y “Rooms of the House”
La trayectoria de La Dispute guarda tantos rizomas que la transformación parece una obligación. Para Jordan, la banda sigue transformando su vida «en formas que quizás no entiendo del todo». Pero esta trayectoria no solo se escribe a través de participaciones en el Download Festival o en giras con Alexisonfire y Thursday, sino que también guardan espacios de profunda oscuridad: «cuando cancelamos giras por Covid y esta parte de nuestras vidas quedó inaccesible, no comprendíamos cuánto lo necesitábamos. Cuando volvimos a estar juntos, nos dimos cuenta de que casi no puedes separar quién eres de lo que hacemos».
En cuanto a los procesos creativos, Dreyer es enfático en reconocer que estos emergen de lo común y lo compartido, de esa zona donde lo cotidiano guarda secretos imposibles de pronunciar, y que solo el arte se atreve a desentramar. Así, las historias que atraviesan el presente encuentran en la intimidad de una canción la posibilidad de hacerse visibles, revelando que lo personal es también un espejo de lo colectivo. «Me siento atraído por historias particulares, imágenes de la vida cotidiana mía o de quienes me rodean. Lo que me impulsa es la observación, ser testigo de lo que ocurre y procesarlo a través del arte, y por eso la gente se identifica con mis letras: todos tratamos de entender qué significa estar vivos, sentir, sufrir. No busco dar respuestas, sino contar la historia y abrir la conversación. A veces las canciones nacen de una imagen o pregunta en mi cabeza; otras, surgen de la música que mis compañeros escriben, que despierta recuerdos o sentimientos».
Sin embargo, las historias y los imaginarios que Jordan despliega con La Dispute no están exentos de complejidades, muchas veces reducidas a interpretaciones fugaces que se consumen como frases sueltas, despojadas de la crítica más profunda: esa que articula territorio, capital y exclusión como ejes de un mismo entramado. Así, algunos himnos corren el riesgo de quedar incompletos si no aprendemos a escucharlos desde una perspectiva global y no solo como un grito desesperado. «’King Park’ nació de una experiencia real en el barrio donde crecimos. Sabíamos que sería intensa. A veces me frustra que todo quede reducido a la línea “Can I still get into heaven if I kill myself?”, cuando la historia es más compleja. Pero entiendo por qué la gente conecta con ese clímax. Ojalá pudiera contar todos los detalles: la pobreza, la desesperación, el racismo, todo lo que llevó a esa tragedia».
Aunque la tragedia de ‘King Park’ se cuente desde el desgarro de aquellas dimensiones que condicionan las existencias en las formas más crueles, Jordan también sabe que la declamación y el storytelling también abrazan, cuando el dolor irrumpe de formas tan viscerales, por lo que “Rooms of the House” (2015), revela otra arista de la prosa de La Dispute. «Ese álbum trata sobre la vida dentro de un hogar y la disolución de una relación. Las canciones sobre “la mujer” enfocan la narración en la persona que se pierde, más que en el narrador. ‘Woman (in mirror)’ es, básicamente, una canción de amor, sobre los momentos íntimos, cotidianos, tontos –incluso–, que compartes con alguien que te conoce». Y en esa sencillez luminosa que retrata “Rooms of the House” –los gestos pequeños, las rutinas compartidas, las palabras secretas que solo entienden dos– se cifra la verdadera devastación de la pérdida, no lo grandilocuente, sino lo cotidiano que deja de repetirse, lo íntimo que de pronto se vuelve irremediablemente ausencia.
Representaciones como identidad
La historia de la banda comienza incluso antes de lo que se han atrevido a contar públicamente, porque La Dispute es el sueño de jóvenes que iniciaron en un hobbie que permitió encontrar rudeza y fortaleza en contextos donde el dolor toma todo protagonismo. El aprendizaje que inicia solo con ímpetu hoy es una realidad que deja marcas imposibles de borrar. «Empezamos cuando tenía 16 años y este año cumplo 38. Ha sido más de la mitad de mi vida, así que no puedo separar mi propio camino del de la banda ni de mis compañeros. También nos abrió al mundo; encontré comunidad en la música y aprendí muchísimo de la gente, de los procesos creativos y de cómo entender el mundo».
Lo que para ciertos ojos podría parecer una banda de “nicho”, para comunidades a lo largo del mundo se transforma en algo más que devoción: es reconocimiento e identidad en medio de la tempestad. «Me siento muy halagado y agradecido de que la gente conecte tanto con lo que hacemos como para decorar sus cuerpos o sus vidas con algo que los representa. Es algo increíble. Cuando haces música, lo haces porque amas hacerla con la gente que quieres, no piensas en cómo será recibida».
En esas palabras se revela la paradoja más hermosa del arte, aquella que tensiona lo que nace en la intimidad de un grupo de amigos, casi sin expectativas, pero que se expande hasta convertirse en símbolo colectivo. Allí donde la música fue un refugio personal, se vuelve también un espejo donde otros reconocen su historia y su dolor, encontrando, en lo ajeno, una manera de nombrar lo propio.
En cierto punto, la música deja de ser un simple ejercicio creativo para convertirse en un territorio compartido, donde cada gesto –un bordado, un tatuaje, una camiseta– es testimonio de pertenencia. «Ha sido una experiencia muy humilde entregar nuestras canciones al mundo y ver cómo significan cosas distintas para otros, cómo ayudan a procesar experiencias. Tenemos la suerte de tener fans que logran hacerlas parte de su vida: bordar el logo, tatuarse frases o usar nuestras imágenes. Es como una familia extendida, una comunidad. Estoy muy agradecido por eso».
Sin embargo, la gran pregunta persiste: ¿es posible seguir tejiendo historias colectivas en espacios tan íntimos como una sala de conciertos a lo largo del mundo, y en particular en Latinoamérica, una de las regiones donde más se escucha y se siente a La Dispute? «Por ahora nada confirmado, pero hablamos mucho de ello. Solo hemos tocado en Brasil. Sabemos que en Chile, Colombia, Perú y otros países hay mucha gente que nos sigue. Queremos hacerlo realidad. Es difícil por lo logístico y financiero, pero es una prioridad. Ojalá el próximo año podamos concretarlo. Nunca hemos ido a Chile y eso me parece injusto. Estoy decepcionado con nosotros mismos, así que vamos a hacer que suceda. No podemos esperar a conocerlos».
En esas palabras se abre la promesa de un encuentro largamente esperado, el anhelo de una comunidad que ha hecho de la música su refugio y el compromiso de una banda que reconoce la deuda afectiva con quienes los han sostenido a la distancia. Un futuro concierto en estas latitudes no sería solo una gira más, sino la confirmación de que las historias compartidas trascienden fronteras y encuentran su hogar en la voz de quienes, desde el sur del mundo, siguen enarbolando himnos que encuentran sentido en lo íntimo y colectivo.
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