Beat en Bogotá: genios, más que monstruos
Estos gigantes se balancearon como cuatro elefantes que desbordan carisma, virtuosismo y precisión.
Texto Carmenzo Hartmann D.
Fotos German Rojas @bergslay
En una ciudad como Bogotá, donde los más grandes nombres del rock progresivo suelen quedar relegados a la categoría de "ojalá vinieran", la noche del miércoles 30 de abril se convirtió en un hito inesperado. La presentación del supergrupo Beat —integrado por Adrian Belew, Tony Levin, Steve Vai y Danny Carey— en la sala Royal Center fue más que un concierto: fue un acto de magia, una colisión improbable de talento, historia y pasión en un lugar del mundo que rara vez figura en las rutas de este tipo de cruzadas musicales.
Cuando en el primer semestre de 2024 se anunció la gira de Beat, nadie en su sano juicio se habría atrevido a asegurar que Bogotá sería una de sus paradas. No por falta de fanáticos, sino porque este tipo de espectáculos, tan complejos y exigentes, suelen esquivar escenarios tropicales por razones logísticas, presupuestarias y culturales. Sin embargo, ahí estaban: cuatro de los músicos más importantes del rock experimental y progresivo del último medio siglo, parados en el escenario de una sala bogotana, listos para repasar uno de los capítulos más fascinantes de la historia de King Crimson: su etapa ochentera.

La noche empezó con incertidumbre. La banda tuvo que enfrentar un serio contratiempo: sus equipos llegaron con muchísimo retraso, haciendo imposible la prueba de sonido. Para muchos grupos, esto habría sido la justificación para un show tibio o incluso una cancelación. Pero cuando se trata de músicos como estos, la adversidad se convierte en combustible; Beat ofreció una presentación desbordante de virtuosismo, energía y, sobre todo, oficio. Cada uno de los integrantes demostró que no solo son nombres grabados en la historia del rock, sino artistas vigentes y entregados.
La sala se llenó más de lo que muchos esperaban. Para un espectáculo que revisita una etapa tan cerebral y laberíntica de King Crimson, en un país cuya industria musical suele mirar hacia otros ritmos, la respuesta del público fue notable. Desde los primeros golpes y acordes quedó claro que no se trataba de un show cualquiera: era una misa progresiva en la que cada asistente estaba ahí por devoción. La ovación fue inmediata, sostenida y casi ritual durante clásicos como ‘Neal and Jack and Me’, ‘Frame by Frame’, ‘Matte Kudasai’, ‘Elephant Talk’, ‘Three of a Perfect Pair’ o ‘Indiscipline’.

Ver a Danny Carey tocando el repertorio de Bill Bruford fue una experiencia que combinó precisión quirúrgica con brutalidad controlada. Carey no imitó, reinterpretó. Con su enfoque más físico y profundo, respetó la estructura rítmica de los temas originales, pero los filtró por el lente y la contundencia de Tool: tambores tribales, acentos imprevistos, una pegada que daba peso nuevo a composiciones que ya eran complejas por derecho propio. Que el “menos experimentado” de la banda sea el baterista de Tool dice bastante del nivel de esta alineación.
Steve Vai (que empezó su carrera en los 80 como el genio de Frank Zappa), por su parte, fue un espectáculo dentro del espectáculo. Quienes lo conocen por sus solos infinitos y su teatralidad técnica se encontraron con una faceta menos usual: la del guitarrista rítmico al servicio de un proyecto colectivo. Claro, sus momentos de protagonismo llegaron —y fueron apoteósicos—, pero fue quizás más impactante verlo respaldando a Belew con una humildad que enriquecía su enorme carisma. En ciertos momentos, al deslizarse por el escenario con movimientos felinos, parecía evocar su época de showman junto a David Lee Roth y Whitesnake. Pero en este contexto, su energía estaba más contenida, más enfocada en sumar que en brillar solo.
Adrian Belew (no olvidemos su historia junto a Zappa, David Bowie y Talking Heads) fue el eje del espectáculo, el alma que impulsa un repertorio como el de los discos Discipline (1981), Beat (1982) y Three of a Perfect Pair (1984). Su voz, que conserva esa elasticidad juguetona y desafiante, sigue siendo única en el rock. Y con la guitarra, sigue siendo un alquimista: hace hablar al instrumento, lo retuerce, lo distorsiona, lo convierte en criatura, sin necesidad de infestar el espacio con semifusas. Cada canción tuvo su sello, su juego, su locura. Incluso sin prueba de sonido, el caos sonoro que suele manipular parecía perfectamente calibrado.

Tony Levin, mítico bajista para gente como Peter Gabriel, John Lennon o Liquid Tension Experiment, fue el ancla. Muy serio al comienzo del show, como quien aún está midiendo el terreno, pronto comenzó a soltar sonrisas y gestos cómplices. Su bajo, su stick y su sintetizador, fueron la espina dorsal del sonido en esta noche. Imperturbable pero emotivo, técnico pero cálido, Levin no acompañó, sostuvo y conectó. En varias ocasiones se lo vio documentando el evento con su cámara, como suele hacer, dejando claro que también él sabía que esta noche era especial.
Y lo fue. Especial por su música, por su improbabilidad, por la sensación de estar viviendo algo irrepetible. Beat no vino a pasear su currículo ni a reciclar un repertorio: vino a celebrar una época, un sonido, una estética, y lo hizo con una entrega que desbordó las limitaciones técnicas del momento.
En un momento de la noche, Belew miró sorprendido al público y, con el humor que lo caracteriza, los invitó a unirse al resto de la gira, asegurando que quedaban asientos libres en el avión. Y aunque era solo una broma, en el Royal Center más de uno deseó que fuera cierto. Porque lo vivido allí no se quiere, ni se puede olvidar; hay conciertos que no son solo eventos musicales: son epifanías. Y Bogotá, contra todo pronóstico, fue testigo de una.
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