Black Label Society: Maquinaria demoledora Fuego, sudor y devoción por el riff en el Teatro Coliseo Viernes, 01 de Mayo de 2026 Jueves 30 de abril de 2026 - Teatro Coliseo Galería de imágenes AQUÍ. Tras siete años de ausencia, Black Label Society volvió a suelo chileno para repasar sus clásicos y presentar su nuevo disco “Engines of Demolition” (2026), sindicado por la prensa musical y los fanáticos como un regreso en plena forma que nutre su trayectoria. Acompañado por John DeServio en bajo, Jeff Fabb en batería y Dario Lorina en guitarra, Zakk Wylde llegó también en un momento de alta visibilidad que salpica a su cofradía gracias a la militancia en Pantera, ocupando el lugar de su hermano en armas Dimebag Darrell, y a su noble labor como guitarrista del sempiterno Ozzy Osbourne. Coincidentemente, ambos nombres reciben su correspondiente tributo en el show. Más allá de las sentidas reverencias a los hombres de Pantera y Black Sabbath, sabemos que Black Label Society se defiende con sus propias herramientas y avanza con los motores rugiendo a tope, incluso si no hiciera estas paradas en la estación del recuerdo. Basta con apreciar cómo ‘Name in Blood’ defendió con uñas y dientes al reciente LP, saliendo victoriosa gracias a la urgencia necesaria para prender el ambiente, tal como lo haría cualquiera de sus grandes éxitos. Prueba superada para este caballo de batalla que corrió desbocado desde el minuto uno. Las siguientes ‘Destroy & Conquer’, ‘A Love Unreal’ y ‘Heart of Darkness’ conformaron un bloque que respetó un recorrido descendente por su discografía, pasando por “Doom Crew Inc.” (2021), “Grimmest Hits” (2018) y “Catacombs of the Black Vatican” (2014). Aquí se reafirmó la contundencia de lo cosechado en sus últimas placas y la comunicación fluida con el resto del repertorio. Otra evidencia de este aspecto fue ‘Set You Free’, que se cruzó más adelante con dos piedras angulares del setlist como ‘The Blessed Hellride’ y ‘Fire It Up’ para confirmar que el melenudo no está aquí solo por la nostalgia. Aunque el público abrazó con fuerza la etapa contemporánea de BLS, es obvio que los clásicos siguen ocupando un lugar especial en el concierto. De hecho, son parte de los ritos que el asistente debe vivir. La caída del telón con el logo de la banda al inicio y la patada en la cara que significa ‘Funeral Bell’ es una experiencia que se debe vivir. El volumen de las guitarras rodea como las llamas del mismo infierno, mientras la batería marcha con un peso paquidérmico y el bajo engrosa el riff que galopa sin cesar, todo aderezado por una audiencia compenetrada. Más adelante se sumaron las mencionadas ‘The Blessed Hellride’, con Zakk en la SG de doble mástil, ‘Fire It Up’, con pelotas inflables sobre la multitud y un duelo de guitarras entre Zakk y Dario que terminó con ambos poniendo sus instrumentos en la espalda, y ‘Suicide Messiah’, con el Chilean Chapter en estado de euforia total. Este tramo del concierto representa de pie a cabeza lo que significa la conexión entre el grupo y su gente; hay un lazo casi sanguíneo que se expresa en una entrega absoluta. Sí, hay headbanging, saltos y puños en alto, pero también hay mucho corazón, asombro y una unión que traspasa generaciones, se ven familias que llegaban vestidas con la chaqueta icónica de BLS siguiendo una estética que forma comunidad. Los homenajes anunciados al principio se materializaron en ‘No More Tears’ e ‘In This River’. Si bien existe una versión de la primera en “Sonic Brew” (1998), BLS la reinterpretó empezando con su célebre solo, siguió con la estrofa y llegó al coro, lo que, obviamente, desató el fervor colectivo con los vítores correspondientes al viejo Ozzy y un salud que Zakk hizo al público con su taza de café. En la segunda, Wylde se sentó al piano, tiró un beso al cielo y apuntó a la pantalla en la que aparecieron Vinnie Paul y Dimebag Darrell. Siendo un fanático de esta música y entendiendo la fraternidad que había entre Pantera y BLS, era inevitable sentir un escalofrío en la espalda o, incluso, derramar alguna lágrima. En ‘Ozzy’s Song’, Dario pasó al piano y Zakk acompañó el canto desde una guitarra solemne con el Padre Ozzy a sus espaldas, sonriente, en blanco y negro, y haciendo el símbolo de la paz con ambos brazos, evocando la carátula del “Vol 4.” (1972). Ojalá que este corte se quede en el setlist como ‘In This River’, porque la fibra que toca eleva el concierto al firmamento. Si bien la “Instrumental Jam’ ocupó el espacio de otras canciones que faltaron, también fue una oportunidad excelente para analizar a cada integrante del conjunto. Los ritmos de Jeff Fabb proponían tensión y, al mismo tiempo, daban el espacio para que John DeServio se explayara en el bajo con sus cuerdas de colores mientras Dario Lorina recorría el mástil de la guitarra de punta a cabo. Ni hablar de un Zakk Wylde que ofreció una verborrea sónica de alto vuelo con su shredding. Como es habitual, ‘Stillborn’ cerró la jornada con ese coro que la hace tan única y los armónicos del líder resonando en cada pared del Coliseo. Fue la última oportunidad para ver cómo este vikingo del rock hacía gala de su poder con las cadenas, las calaveras y el crucifijo en el pedestal del micrófono. Si esto no es una clase de actitud, no sé lo que es. En su quinto paso por Chile, Zakk Wylde y sus berserkers demostraron una vez más que cuando se trata de hacer rock pesado con alma tienen pocos contendientes. El cuarteto ejecutó un setlist que no pasó por todos los discos, pero aun así logró un equilibrio convincente entre pasado y presente, aunque con menos canciones que en su visita de 2019. Eso sí, en términos de potencia recibimos lo que esperábamos, una batahola auditiva que nos hace sucumbir ante una aplanadora que arrolla sin piedad. Otro apunte: el Teatro Coliseo funcionó bien como hogar para BLS. Siendo su primera presentación en el recinto cercano a metro Moneda y -digámoslo- un lugar que no se caracteriza por un sonido pulcro, sí proporcionó un entorno compacto que concentró mejor la energía que fluía de manera libre entre la banda y el respetable. Junto con dar cuenta de su increíble presente, la banda desplegó una máquina demoledora que traspasó el sentido clásico de la descarga sabbáthica y tuvo la capacidad para activar la emoción con una artillería sonora que golpeó directo al corazón entre el fuego, el sudor y la devoción por el riff incandescente. Pablo Cerda S. Fotos: Juan Maralla Tags #Black Label Society #2026 Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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