Serú Girán Serú Girán Lunes, 16 de Marzo de 2026 1978. Music Hall Tras el final de La Máquina de Hacer Pájaros y con el eco todavía reciente del Sui Generis más melancólico, Charly García decidió hacer lo que pocas veces podía permitirse: desaparecer por un tiempo. El destino fue Brasil. Pero incluso en vacaciones, la creatividad de García rara vez descansa. De ese paréntesis tropical surgiría una de las alianzas más importantes del rock argentino: su encuentro creativo con David Lebón, guitarrista con una trayectoria ya considerable tras su paso por Pescado Rabioso, Color Humano y Pappo's Blues. En una casa de playa en Búzios comenzaron a tomar forma las canciones que darían vida al debut de Serú Girán. El proyecto se consolidaría poco después con la llegada de Oscar Moro, histórico baterista de La Máquina de Hacer Pájaros, y del prodigio adolescente Pedro Aznar, a quien García escuchó tocar el bajo y no dudó en sumar a la ecuación. El resultado era un auténtico supergrupo incluso antes de que el término se popularizara. Las canciones ya estaban tomando forma cuando la banda entró finalmente a grabar. Se instalaron en los Estudios El Dorado bajo la dirección del productor Billy Bond. Durante la grabación contaron con la colaboración del arreglista Daniel Goldberg, quien estuvo a cargo de una orquesta de 24 músicos en los temas 'Serú Girán' y 'Eiti Leda'. Esta última había sido escrita por García cuando tenía apenas 17 años. Por entonces se llamaba originalmente 'Nena', fue interpretada en el último recital de Sui Generis y estaba pensada para grabarse en esa época. Además de las composiciones propias, el cuarteto también registró material para un álbum de Bond adoptando temporalmente el nombre The Jets. En esas sesiones grabaron, entre otras canciones, la polémica 'Disco-Shock' y 'Loco (no te sobra una moneda)', un tema que solían tocar con frecuencia en vivo. Sin embargo, el nacimiento del proyecto estuvo lejos de ser triunfal. Este debut homónimo llegó rodeado de expectativas que terminarían convirtiéndose en desconfianza. Las primeras presentaciones fueron recibidas con frialdad por un público que esperaba otra cosa. Para muchos, aquello no era ni la sensibilidad de Sui Generis ni el virtuosismo progresivo de La Máquina. Era algo distinto, y precisamente por eso resultó difícil de asimilar en su momento. La prensa, por su parte, reaccionó con ataques feroces, llegando incluso a calificarlos de "homosexuales" o "payasos con voces hermafroditas". Estas acusaciones reflejaban también el clima político del país bajo la dictadura de Jorge Rafael Videla, un régimen de fuerte impronta conservadora, católica y profundamente homófoba. Escuchado hoy, el disco se percibe claramente como un punto de transición. Hay rastros del pasado musical de García, pero también señales evidentes del sonido sofisticado que la banda perfeccionaría más adelante. El problema es que la producción de Bond no termina de capturar del todo ese espíritu. La mezcla resulta irregular y las orquestaciones, por momentos, parecen flotar por encima de la banda en lugar de integrarse con ella. Aun así, el álbum deja ver el enorme potencial del grupo. Sobre todo, porque, a diferencia de proyectos anteriores de García, aquí el peso creativo se reparte con mayor equilibrio. Lebón aporta composiciones, carácter y una voz que en este disco incluso supera en matices a la de Charly. Es probable que esta dinámica obligase al propio García a intentar mejorar como intérprete en los años siguientes. Entre los momentos más altos del álbum aparecen dos piezas que con el tiempo se volverían clásicos inevitables del rock latinoamericano. Una de ellas impacta desde el comienzo: el opus de siete minutos 'Eiti Leda', una de las composiciones más bellas del catálogo de García. La canción avanza entre pasajes progresivos y melodías profundamente emotivas, sostenida por el piano de Charly y un trabajo de bajo impresionante de Aznar. Su solo —fluido, melódico y audaz— anticipa la importancia que el joven músico tendría en el sonido de la banda. La otra vendría a ser 'Seminare', cantada por Lebón de una forma cálida y directa, es probablemente la mejor canción del disco: una balada delicada y emotiva donde los teclados de García van configurando una atmósfera casi suspendida en el aire, la cual termina de reventar en el solo. Pero claro, el álbum también tiene una serie de gemas por descubrir, como por ejemplo la dulce y triste balada “El mendigo en el andén”. Cantada por David Lebón, es uno de los puntos más altos del disco tanto por su letra como por su melodía, con un desenlace evocador muy bien construido. 'Separata' es otro de los títulos peculiares del álbum y da nombre a una interesante pieza con aroma beatle. En esta ocasión, la interpretación corre únicamente por cuenta de Charly, quien se encarga de la voz y el piano acompañado por una orquesta de fondo. A pesar de su breve duración —apenas un minuto y medio—, la canción transmite una profunda melancolía y destaca por su carácter emotivo e introspectivo. Llegando a la mitad del material aparece 'Autos, jets, aviones, barcos', un tema que irrumpe para quebrar el tono melódico y sensible que venía predominando en el disco. Se trata de una canción vibrante y muy disfrutable, guiada por una percusión de aire tropical que refleja influencias brasileñas, pero que al mismo tiempo conserva cierto aire épico gracias al protagonismo del Minimoog y los sintetizadores. El resultado es una pieza necesaria, un tanto infravalorada y ejecutada con gran acierto. El disco vuelve de lleno a su carácter más ambicioso con 'Serú Girán', que introduce uno de los rasgos más curiosos del álbum: el uso de un lenguaje inventado, una especie de jitanjáfora musical que funciona como declaración estética. Al igual que 'Eiti Leda', busca desarrollar una pieza de tono progresivo y épico, marcada por una clara ambición musical que refuerza el carácter conceptual del grupo. Pasemos ahora a los momentos más discutibles del álbum. En 'Voy a mil' desaparecen la orquesta y el tono pomposo para dar paso a un rock más directo, sostenido por un riff potente y un estribillo muy efectivo. En el tema también destaca el trabajo de Pedro Aznar, que brilla especialmente con su línea de bajo. Es un track con mucha energía pero que, sin embargo, no alcanza la misma intensidad ni la profundidad emocional de otros cortes del disco. Para el cierre aparece 'Cosmigonón', otro nombre peculiar. Se trata de otra breve pieza instrumental que funciona como final del disco, creando una atmósfera más oscura gracias a la presencia de sintetizadores densos y una orquesta que acompaña. Desde una mirada personal, puede resultar un cierre algo difícil de disfrutar, sintiéndose más como un experimento atmosférico que como una conclusión verdaderamente satisfactoria. Si hay alguien que se roba varias escenas en este debut, es Pedro Aznar. Su bajo fretless aporta un carácter moderno y atrevido a prácticamente todo el disco. En canciones como 'Autos, jets, aviones, barcos', sus líneas no solo sostienen la armonía: dialogan con los teclados y empujan la música hacia terrenos inesperados. Ese enfoque, influido por el jazz fusión de la época, sería una de las claves para que el grupo desarrollara más adelante un sonido único dentro del rock latinoamericano. Este quizá no sea el mejor disco de la banda —ese lugar probablemente lo ocuparía "La grasa de las capitales"—, pero sí es un capítulo fundamental para entender su evolución. Aquí ya están las semillas de todo: el refinamiento compositivo de García, la sensibilidad de Lebón, el virtuosismo de Aznar y la solidez de Moro. Es un álbum irregular, sí. Mal comprendido en su momento, también. Pero incluso en sus imperfecciones deja ver a una banda destinada a cambiar el panorama del rock argentino. Y cuando uno escucha esos primeros acordes de 'Eiti Leda', resulta evidente que la historia recién estaba comenzando. Giordano Antonelli Villavicencio Tags #Serú Girán #Charly García #David Lebón #Pedro Aznar #Óscar Moro Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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