Lollapalooza Chile 2026: La historia también se escribe en casa Estuvimos en la segunda jornada del festival Domingo, 15 de Marzo de 2026 Sábado 14 de marzo, 2026 Parque O'Higgins, Santiago Galería de imágenes AQUÍ El segundo día de Lollapalooza Chile encuentra al festival ya respirando con naturalidad en su regreso al Parque O’Higgins. Después del primer impacto, el público comienza a moverse con memoria: los caminos entre escenarios se vuelven familiares, las activaciones se reconocen de lejos, los locales de comida ya tienen favoritos y el artist merch exhibe sus primeras ausencias, con poleras agotadas de varias de las bandas más esperadas. El parque funciona como una pequeña ciudad musical donde miles de personas aprenden rápidamente sus rutas, sus puntos de encuentro y sus rituales. La jornada se siente distinta, casi como si hubiese sido pensada para quienes vibran un poco más allá de lo establecido. Sobre el escenario conviven vínculos que llevan años construyéndose con el público: el regreso de Lorde, la masividad inesperada del hardcore de Turnstile, la expectativa generacional que rodea a Tyler, The Creator. Entre propuestas emergentes, discursos políticos y momentos de comunión colectiva, el día parece avanzar como una conversación abierta entre distintas generaciones de oyentes. En ese tejido aparece también un gesto que puede marcar un precedente: Los Bunkers cumplen el sueño de cerrar el festival como los primeros headliners nacionales en su historia. Más que un hito aislado, la escena instala una pregunta necesaria sobre el futuro: si este momento es solo una puerta de entrada para que la música chilena vuelva a ocupar el lugar que merece dentro de su propia casa. Fonosida: Hola Neurodivergentes de Chile Con la puntualidad quirúrgica que suele marcar el inicio de las jornadas en Lollapalooza, los ideólogos de Dorama irrumpen en escena como quien abre una puerta identitaria largamente esperada. Saskya y compañía toman el frente del escenario y levantan una consigna que vibra entre quienes se congregan desde temprano en el Parque O’Higgins. Así comienza la maratón del día: con una banda que entiende el escenario como territorio de expresión y pertenencia. Desde el Lotus Stage, lejos de los focos de los escenarios principales, Dorama logra algo que no depende de la geografía del festival: convocar. Bajo la cúpula, el público se aprieta y se reconoce. La distancia deja de importar cuando la música se vuelve punto de encuentro. Francisco, Cristóbal y Richie transforman el espacio en una celebración desbordada, una fiesta que venía gestándose desde antes del festival, alimentada por los adelantos que la banda soltó en las semanas previas y que aquí encuentran su descarga definitiva. Por unos minutos, el margen se vuelve centro y la catarsis colectiva marca el pulso de la jornada. Mano de obra: De lo marginal a los grandes escenarios Para quienes llevan el hardcore en el ADN, Mano de Obra forma parte de la memoria de la escena. Bastiones de una tradición local que creció en circuitos pequeños, entre galpones, autogestión y convicción política. La banda encontró en el género una forma de repensar la existencia desde los márgenes, con Quilicura como punto de origen y símbolo: un territorio donde la desigualdad se vive de cerca, donde la música aparece como herramienta de expresión y resistencia. Sobre el escenario, esa historia se vuelve imagen. Las pantallas operan como lienzos de realidad que interpelan al público: frases, conceptos, urgencias sociales. “Vida sin”, “Salud mental” y “Educación” aparecen como detonantes de una energía colectiva que recorre el Alternative Stage. Cada canción levanta un coro que no solo se canta, también se piensa; un recordatorio de que el hardcore, incluso frente a miles de personas, sigue siendo un espacio de crítica y comunidad. La emoción se siente en alto voltaje. El hardcore nunca ha sido solo cuerpos en tensión o moshpits desbordados; también es conciencia, rebeldía y clase. Con los años, Mano de Obra ha visto cómo aquello que nació en los márgenes encuentra hoy un lugar visible dentro de la escena nacional. No como concesión, sino como reconocimiento a una historia construida a pulso. Cómo Asesinar a Felipes: Crimen perfecto Ir a un concierto de Cómo Asesinar a Felipes es encontrar calidad asegurada sobre el escenario. El calor al interior del Lotus Stage era preocupante pero eso no pareció afectar a los cientos que entraron a La Cúpula. Cuarenta y cinco minutos no es tiempo suficiente para disfrutar del universo sonoro del quinteto -reforzado ahora con Rodrigo Muñoz en el bajo- pero sirvió de introducción para los no iniciados y de disfrute para los ya convertidos. ‘La Puerta no se Abre Sola’, en medio del soliloquio de Koala Contreras, ofreció un solo demencial de saxo a cargo de Cristián Gallardo. María y Los Templos fue invitada en guitarra, aportando consistencia y texturas con su voz y guitarra en ‘Días Oscuros’ y ‘Vigilantes/Visitantes/Habitantes’. Para el final llegó ‘Disparan (Fill the Skies)’, su colaboración con Chino Moreno y más de alguno seguramente fantaseó con la posibilidad de ver al frontman de Deftones en el escenario, algo que no ocurrió. En las próximas semanas, Cómo Asesinar a Felipes lanzará su nuevo álbum de estudio, un capítulo más en su discografía excelsa. Candelabro: Revisar valores y ética personal Probablemente una de las bandas que hoy mejor encarna la transversalidad sobre el escenario. En medio de la multitud y su diversidad, Candelabro ha logrado generar encuentros allí donde muchas veces solo existe convocatoria. Su propuesta nace desde la intuición de ir más allá de lo establecido. Aquello que algunos llaman “la nueva escena” comienza, en realidad, por aprender a escuchar sin limitaciones. Un gesto casi heroico si se recuerda que hace apenas una década ciertas pasiones eran cuestionadas por no ajustarse a la norma. Con “Deseo, Carne y Voluntad” (2025) al frente, la agrupación inaugura su set con “Dedo chico”, uno de los momentos clave de su debut “Ahora o nunca” (2023). El joven conjunto capitalino confirma que su música funciona como una fuerza natural: pasajes instrumentales cuidados al detalle sostienen melodías intensas, siempre al servicio de la canción. Hacia el final, la contingencia irrumpe con claridad. La banda interpreta “Ultraderecha” de Los Prisioneros, transformando el escenario no solo en un espacio de reflexión, sino que declaración de principios y ética personal. Las pantallas proyectan imágenes que apuntan directamente al presidente José Kast y a figuras del espectro político internacional como Javier Milei, Benjamín Netanyahu y Donald Trump, acompañadas por símbolos que denuncian el avance de discursos de odio y conservadurismo, que no solo ponen en riesgo la política mundial, sino que los mínimos avances en términos de dignidad y calidad de vida. La historia de Candelabro recién comienza a escribirse. Su mayor responsabilidad parece estar en esa capacidad de nombrar lo incómodo, de transformar el desasosiego en pregunta y la pregunta en acción. La vida es compleja, más aún cuando se ignora lo que duele. En tiempos donde Chile y el mundo atraviesan tensiones profundas, la banda recuerda que el arte también sirve para iluminar esas zonas oscuras. Porque el escenario, cuando se habita con convicción, siempre ha sido un lugar profundamente político. De Saloon: Un real “Greatest Hits” Si hay una banda dueña de numerosos hits es De Saloon. No participaba en Lollapalooza hace más de una década, por eso su presentación en el Alternative Stage fue recibida con una parcialidad envidiable, probablemente con una de las mayores concentración de público que tuvo ese escenario en todo el fin de semana. Lo anterior no debería sorprender pues el trío de Concepción lleva un cuarto de siglo gozando de una popularidad, que se puede constatar en los varios momentos de karaoke en su actuación. ‘Quiero Hacerte Feliz’, ‘Te Mueres’, ‘Té’ y ‘Abrázame’ funcionan como muestras de un olfato pop envidiable para la melodía y coros pegajosos. La joya de la corona de su presentación fue la participación de Claudio Valenzuela, una de las influencias de Piero Duhart, en ‘Me Vuelves a Herir’. Un cruce generacional que fue celebrado con una gran ovación. Royel Otis: El encanto de lo simple Uno de los sets más atractivos de la tarde en términos estéticos y musicales. Con una presencia escénica particular y una puesta visual cuidadosamente pensada, Royal Otis dominó su espacio con canciones bien construidas y un carisma que fluye con naturalidad. Su indie rock de sensibilidad contemporánea se sostuvo en melodías pegajosas y arreglos precisos, dando forma a un recital que conectó tanto con quienes ya seguían a la banda como con quienes se encontraron con ella por primera vez entre la multitud de Lollapalooza Chile. El recorrido comenzó con “I Hate This Tune”, avanzó con “Adored” y “Heading for the Door”, tres momentos que instalaron rápidamente el pulso del show. El público parece conocerlos; quienes no, se dejan llevar por la inmediatez de sus canciones. Hay algo en esas melodías que se queda flotando en el aire del parque, como si hubiesen estado allí desde antes de que la banda subiera al escenario. Las sorpresas llegaron hacia el final, cuando el grupo se permitió dialogar con la memoria colectiva del público. Primero con “Dancing on My Own”, reinterpretada con su propia sensibilidad, y luego con “Linger” de The Cranberries, recibida con una mezcla de nostalgia y celebración. En esos minutos, Royal Otis confirmó que su propuesta no necesita estridencia para brillar: basta una buena canción, una banda en sintonía y un público dispuesto a dejarse llevar. DJO: Siempre fue el escenario Llegado el momento de DJO, pareciera que el tiempo termina por poner cada cosa en su lugar. Los sueños por los que uno trabaja con convicción, tarde o temprano encuentran su forma de cumplirse, sobre todo cuando existe una fidelidad honesta a la propia identidad. Bajo esa premisa, el artista encargado de protagonizar el Cenco Malls Stage ofreció un pop rock sin grandes ornamentaciones, de cocción simple y directa, que fue recibido con entusiasmo por el público. Muchos llegaron movidos por la curiosidad de presenciar la faceta musical de Joe Keery, conocido mundialmente por interpretar a Steve Harrington en la serie de Netflix Stranger Things, producción que volvió a instalar la estética de los años ochenta en el imaginario de la cultura pop contemporánea. El show comenzó con Flash Mountain, con Keery en la guitarra, para luego pasar a los sintetizadores en Uglyfisherman. Más adelante se sentó al piano, mostrando una versatilidad musical que refuerza su intención de consolidar una carrera más allá de la pantalla. Durante el set también sonaron Charlie’s Garden, Delete Ya, Roddy y Gap Tooth Smile, momentos que confirmaron un repertorio que navega entre el soft pop y el rock con tintes experimentales. Contra cualquier prejuicio asociado a su fama como actor, el proyecto Djo se sostiene con solidez sobre el escenario. El inicio se percibe más rockero y pesado de lo esperado; con el avance del recital, los sintetizadores y las texturas más psicodélicas comienzan a dominar el paisaje sonoro. Keery demuestra un carisma escénico natural, acompañado por una banda que sostiene con precisión cada cambio de atmósfera. El clímax llegó con “End of Beginning”, la canción más popular de todo el setlist. El tema conecta con facilidad porque habla de algo profundamente reconocible: el paso del tiempo, la nostalgia, la memoria emocional y esas identidades que se transforman con los años. En medio de su aparente sencillez, la canción también vuelve a poner sobre la mesa una pregunta inevitable de nuestra época: cómo se construye hoy la circulación de la música. Las redes sociales funcionan como verdaderos catalizadores de carreras, espacios capaces de amplificar una canción hasta volverla global. Al mismo tiempo, son territorios frágiles, donde un algoritmo puede elevar o borrar proyectos con la misma velocidad. La reflexión aparece inevitable: ¿estamos delegando la difusión musical a reels y challenges pegajosos que dictan el ritmo de la escucha? No obstante, El público chileno la coreó con fuerza mientras Keery agradecía desde el escenario, lanzando algunos modismos locales y celebrando el cierre de dos semanas recorriendo el país, incluyendo su paso por Torres del Paine. Entre momentos explosivos y pasajes más íntimos, Djo dejó la sensación de un artista que empieza a construir una relación genuina con el público latinoamericano. Lorde: WHAT WAS THAT En el Banco de Chile Stage se escribía el regreso de Lorde a Lollapalooza Chile, doce años después de su debut en 2014, una presentación que con el paso del tiempo adquirió estatura de momento generacional. Algunos fans esperaron toda la jornada frente a las rejas para asegurar un lugar privilegiado; otros llegaron corriendo desde el cierre multitudinario de Turnstile, como si el parque entero se hubiese movido hacia la poeta del mainstream. La apertura llegó con Hammer, una elección natural considerando que Virgin es el disco que la trae de regreso a suelo chileno. Luego aparecieron una versión acortada de Royals, Broken Glass y Buzzcut Season, cuatro canciones que funcionan como un pequeño mapa emocional de su carrera. La puesta en escena confirmó a una artista que parece haber terminado de decantar su lenguaje creativo. Lorde se movió libre por el escenario, corrió sobre una trotadora, se desprendió de los pantalones hasta quedar en ropa interior y construyó una performance donde teclados, bases electrónicas y bailarines dialogaron con precisión. El gesto no responde al exceso ni al impacto gratuito; forma parte de una narrativa escénica donde el cuerpo también comunica. La sensación es clara: la artista ha encontrado el lugar donde convergen las búsquedas que marcaron sus discos recientes. En ese recorrido aparecen Favourite Daughter y Liability, dos momentos que funcionan como declaraciones emocionales. La primera transforma en canción el dolor de no ser nunca la elegida; la segunda instala una pregunta íntima y persistente: ¿soy realmente esa responsabilidad compleja que otros prefieren dejar atrás? Lorde logra que experiencias cotidianas se vuelvan universales, articulando una narrativa que habla de afectos, fragilidad y construcción identitaria. El momento más humano llegó cuando la artista se sentó al borde del escenario y recordó su primera visita al festival. “Fue solo una noche, pero fue una de las más maravillosas de mi vida”, confesó mirando al público. Hacia el final aparecieron David y Ribs, dos de los momentos más virales de esta gira. En ambos descensos al público cambió de chaqueta —una cubierta de luces, otra completamente roja— caminando entre quienes crecieron con su música. El gesto selló algo que atraviesa toda su carrera: la conexión profunda con su audiencia. Aunque la artista ha defendido siempre la idea de mantener su vida privada al margen, una postura que se volvió statement en Solar Power, el cierre desde el público reveló otra dimensión de su historia. Más que un espectáculo, fue la confirmación de un vínculo construido durante más de una década, donde las canciones funcionan como memoria compartida entre artista y generación. Karin Ramírez Jean Parraguez Fotos: Vicente Chacón - Juan Maralla Presentado por: Omoda Jaecoo, Receta del Abuelo, Jack Daniel's, Soundcore y Mc Donald's. Tags #Lollapalooza #Lollapalooza Chile #Lorde #Mano de Obra #De Saloon #Cómo Asesinar a Felipes #CAF #DJO #Royel Otis #Candelabro #Fonosida Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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