Matapanki: Rabia, sátira y punk en estado puro La furia joven convertida en cine Viernes, 27 de Marzo de 2026 En un panorama donde muchas propuestas buscan pulirse hasta volverse previsibles, "Matapanki" aparece como un golpe directo, sin filtro y con la energía de quien prefiere equivocarse antes que quedarse callado. No intenta ser correcta ni ordenada; por el contrario, abraza el caos como lenguaje y lo convierte en una declaración de principios. Desde sus primeros minutos, la película instala un tono que mezcla lo absurdo con lo político, lo íntimo con lo delirante. La historia de Ricardo -un joven punk que vive con su abuela en la periferia de Santiago- podría parecer, en la superficie, una excusa para construir un relato de superhéroes poco convencional. Pero lo que realmente propone es otra cosa: una mirada generacional cargada de rabia, ironía y una necesidad casi visceral de reinterpretar el mundo que habita. Dirigida por Diego "Mapache" Fuentes Badilla, la película encuentra en su protagonista, interpretado por Ramón Gálvez, un eje tan errático como magnético. No es un héroe tradicional, ni siquiera un antihéroe consciente de serlo. Es, más bien, un joven atravesado por contradicciones: afectuoso con su entorno cercano, impulsivo en sus decisiones y profundamente marcado por una realidad que no siempre sabe cómo procesar. Ese desorden emocional se convierte en el motor del relato, especialmente cuando entra en juego el misterioso brebaje que le otorga habilidades fuera de control. El recurso del "superpoder" funciona menos como un elemento fantástico y más como una metáfora. Cada estallido de fuerza, cada momento de descontrol, parece dialogar con una forma de despertar político que no es limpia ni estructurada, sino caótica, incluso peligrosa. La película entiende que la conciencia no siempre llega con claridad, y en ese sentido acierta al mostrarla como un proceso lleno de errores, impulsos y consecuencias difíciles de revertir. Uno de los mayores aciertos del film está en su lenguaje visual. Filmada en un blanco y negro áspero, con textura de fanzine y una cámara que muchas veces parece correr junto a sus personajes, la puesta en escena refuerza esa sensación de urgencia constante. A ratos, el montaje se vuelve vertiginoso; en otros, se permite pausas que aterrizan la historia en lo cotidiano, en espacios donde la épica desaparece y queda solo la humanidad de sus personajes. Esa mezcla, lejos de buscar equilibrio, se siente deliberadamente irregular, y ahí radica parte de su identidad. El tono es otro de los elementos clave. Fuentes Badilla opta por la sátira como herramienta principal, evitando caer en discursos evidentes. "Matapanki" se ríe del poder, de la política y de sus propias limitaciones narrativas. Hay momentos donde el humor funciona con precisión, especialmente cuando se cruza con situaciones abiertamente absurdas; en otros, la irregularidad se hace evidente, con gags que no terminan de aterrizar o referencias que pueden perderse según el espectador. Sin embargo, incluso en esos tropiezos, la película mantiene una honestidad que resulta difícil de ignorar. El universo que construye tampoco busca traducirse para todos. La periferia no está explicada ni suavizada: se presenta con sus códigos, sus dinámicas y su identidad propia. Las tocatas, la vida de barrio, la amistad como núcleo y refugio, todo convive sin necesidad de validación externa. Esa decisión le da una autenticidad poco habitual y refuerza la sensación de estar frente a una obra que habla desde un lugar concreto, no sobre él. En lo narrativo, la historia avanza entre lo íntimo y lo desbordado. La relación con sus amigos, especialmente con Mella y Claudia, aporta un ancla emocional que equilibra el caos general. Son ellos quienes permiten que la película no se pierda completamente en su propio delirio, recordándole al protagonista -y al espectador- que detrás de todo hay vínculos reales, afectos que se ponen en juego cuando la fantasía empieza a desmoronarse. Donde la película realmente encuentra peso es en su lectura política. Sin necesidad de subrayar en exceso, construye un escenario donde las decisiones individuales pueden escalar a conflictos mayores, incluso internacionales. Lo hace desde la exageración, sí, pero también desde una intuición bastante clara: el mundo contemporáneo muchas veces parece tan absurdo que solo puede ser retratado desde el exceso. En ese sentido, la película no busca respuestas, sino provocar una reacción, incomodar desde la risa y la exageración. Eso no significa que sea una obra redonda. Su naturaleza desprolija juega tanto a favor como en contra. Hay momentos donde la narrativa pierde fuerza, donde la acumulación de ideas supera su desarrollo o donde el ritmo se vuelve irregular. Sin embargo, lo que podría ser un defecto en otro contexto aquí se siente, en parte, como una extensión de su propia lógica: una película que no quiere ser perfecta, sino libre. También es importante entender desde dónde está hecha. Nacida como un proyecto universitario y construida desde la autogestión, la película transmite esa sensación de grupo, de comunidad creativa que se organiza más por convicción que por recursos. Ese espíritu se traduce en pantalla como una obra que, más allá de sus limitaciones, tiene algo que muchas producciones más grandes no consiguen: personalidad. Al final, lo que queda no es solo la historia de un joven con poderes, sino la de una generación intentando encontrar su lugar en medio del ruido, la frustración y la necesidad de cambio. La película no romantiza ese proceso, pero tampoco lo juzga. Lo expone, lo exagera y, en más de una ocasión, se ríe de él. "Matapanki" no busca agradar a todos, y probablemente ahí radique una de sus mayores virtudes. Es una experiencia que puede entusiasmar profundamente a algunos y alejar a otros, pero difícilmente deja indiferente. Y en tiempos donde muchas películas pasan sin dejar huella, eso ya es una declaración. Matias Arteaga S. Tags #Matapanki Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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