Mac DeMarco: No eran tan necesarios los excesos El canadiense se presentó a casa llena Domingo, 19 de Abril de 2026 Sábado 18 de abril, 2026 Teatro Caupolicán, Santiago Galería de imágenes AQUÍ Repasar la carrera del hombre de nombre casi monárquico implica reconocer una obra que no solo se instala en lo íntimo, sino también en la memoria compartida. Las canciones de Mac DeMarco aparecen como pequeños refugios generacionales, destellos de comunidad que sobreviven al paso del tiempo. La apertura de la jornada quedó en manos de María y los Templos. Con “La Prenda” (2023) bajo el brazo y el reciente sencillo junto a Como Asesinar a Felipes, la banda supo conquistar a un Teatro Caupolicán que ya desde temprano lucía repleto, expectante y encendido. Con precisión quirúrgica, el equipo del canadiense irrumpió sobre el escenario afinando los últimos detalles de lo que sería la primera noche del tour “Guitar” en Chile. Todo estaba dispuesto, pero los minutos pesaban. Las conversaciones comenzaban a apagarse, las piernas marcaban el pulso de la ansiedad, mientras las jardineras dominaban buena parte de los outfits del recinto, porque la identidad también se construye desde esas pequeñas señales estéticas que dicen mucho sin necesidad de hablar. Sin espacio para tibiezas, Mac DeMarco apareció con 'Shining'. La conexión con su público fue inmediata, una postal detenida en el tiempo, una cápsula de afectos intactos. Desde ahí se volvió imposible no rendirse ante un artista que entiende que la interacción con la audiencia es parte esencial del espectáculo, casi tan importante como la batería, el bajo o la eterna guitarra. Aquí no hubo grandilocuencia ni vestuarios pensados para impresionar. Hubo overoles, colores tenues y una naturalidad que cuestiona ciertas formas impostadas de entender el espectáculo. ¿Hace falta siempre el exceso, los fuegos artificiales, los cambios de ropa en cinco actos? En esta escena bastaban personas sencillas, concentradas en lo verdaderamente importante, la música que nos moviliza. Tras pasajes de “guitar” (2025) y del inagotable “One Wayne G” (2023), llegó el turno de la estrella fugaz de su catálogo: “Salad Days” (2014). Y entonces todo se transformó en historia viva. No éramos solo personas viendo un show; éramos una multitud dialogando con su propia memoria emocional. 'No Other Heart' y 'Heart to Heart' marcaron los momentos más sensibles de la noche. Las luces bajaron, el público se entregó completo, por amores que siguen, por historias truncas, por vínculos que nunca terminaron de contarse. En especial, 'Heart to Heart' adquirió otro espesor para quienes saben que también hay duelos que nacen desde la amistad. Con ternura genuina, Mac sostuvo el canto colectivo como si ese gesto pudiera alcanzar el cielo. Porque el amor no desaparece, y ciertas amistades tampoco. Uno de los grandes clásicos llegó con 'Ode to Viceroy'. El público respondió con algo más que su voz. Desde distintos sectores se alzaban cajetillas de cigarro, otros encendían uno y se confundían con el humo. La vida cambia, las canciones se resignifican, y también las personas encuentran nuevas formas de habitar sus viejas nostalgias. Más allá de la constante interacción con la audiencia, lo que se vivió fue una comunión total. Las bromas, el humor absurdo y los pasos de baile histriónicos del canadiense fueron la arteria central del show. A tal punto llegó la complicidad que, leyendo cada guiño entre escenario y su comunidad, la banda se lanzó a interpretar la intro de 'La Pantera Rosa'. Luces rosadas inundaron el recinto y las risas hicieron el resto. 'Another One', 'Holy' y 'Moonlight on the River' parecían anunciar el cierre, pero el Teatro Caupolicán no estaba dispuesto a despedirse todavía. La devoción exigía más. Entonces llegaron 'My Kind of Woman', 'Chamber of Reflection' y, finalmente, 'Freaking Out the Neighborhood', como el desenlace que todos esperaban y necesitaban. Durante toda la noche, Mac DeMarco se mantuvo con una botella de agua al costado, energía intacta, cercanía permanente, sin artificios innecesarios. No necesitó excesos para ofrecer un concierto inolvidable. Siete años después, dejó una lección silenciosa, dejando en claro que lo importante no siempre es perseguir fórmulas de éxito, sino crecer, mantenerse honesto y seguir conectado con lo esencial. Quizás, después de noches como esta, la pregunta verdadera sea otra: ¿qué imagen del rock queremos que permanezca? Karin Ramírez Raunigg Fotos: Nico Molina Tags #Mac DeMarco #María y Los Templos Please enable JavaScript to view the comments powered by Disqus. 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